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Los niños de preescolar aprenden más ciencia cuando usan frutas, verduras y huertos en clase
En muchas aulas infantiles, la ciencia todavía aparece como algo abstracto, lejano, casi reservado para cursos superiores. Dibujos de planetas, fichas de animales y poco más. Pero un estudio desarrollado en centros preescolares de Carolina del Norte plantea otra forma de enseñar: convertir los alimentos y los huertos en herramientas reales para despertar la curiosidad científica desde edades muy tempranas. La iniciativa, llamada More PEAS Please!, utiliza frutas, verduras, jardines y actividades sensoriales para introducir conceptos de biología, observación, lenguaje y pensamiento lógico en niños de educación infantil. Nada de memorizar definiciones. Aquí se toca, se riega, se huele, se compara. Y eso cambia bastante las cosas. El programa fue diseñado por investigadores de la Universidad Estatal de Carolina del Norte y la Universidad de Carolina del Este. Su objetivo no era únicamente mejorar conocimientos científicos, también acercar a los menores a una relación más natural con los alimentos frescos, especialmente en comunidades donde el acceso a frutas y verduras suele ser más limitado. Aprender ciencia con las manos manchadas de tierra La idea parece sencilla, aunque tiene bastante más profundidad de la que aparenta. Los niños cultivan semillas, observan cómo cambian las plantas, experimentan con luz, agua y temperatura, y hacen preguntas constantemente. Algunas muy básicas. Otras sorprendentes. En una de las experiencias recogidas por los investigadores, varios alumnos detectaron que una planta crecía peor que otra. En lugar de limitarse a observarlo, propusieron moverla para comprobar si el problema era la falta de luz solar. Después vieron cómo mejoraba. Ahí aparece algo importante: el pensamiento científico real. Hipótesis, prueba, observación y conclusión. Con cuatro años. Este enfoque práctico conecta con una tendencia educativa cada vez más extendida en distintos países: el aprendizaje basado en experiencias. Finlandia, Dinamarca o algunas regiones de Canadá llevan años incorporando huertos escolares como parte de la educación ambiental y alimentaria. No como actividad decorativa de primavera. Como herramienta pedagógica transversal. Porque una planta puede servir para hablar de fotosíntesis, pero también de agua, clima, biodiversidad, alimentación saludable o incluso desperdicio alimentario. Todo acaba conectado. El papel de la alimentación en el desarrollo infantil Los investigadores observaron que los niños participantes mejoraron tanto en vocabulario como en conocimientos científicos respecto a otros grupos que siguieron programas tradicionales. Aquí aparece un punto interesante. El programa evita forzar a los niños a comer verduras. En vez de eso, busca generar familiaridad y confianza. Primero se exploran las espinacas como si fueran un objeto científico. Se tocan, se rompen, se comparan, se observan sus colores y texturas. Luego, poco a poco, desaparece parte del rechazo inicial. Y sí, funciona mejor de lo que parece. La psicología infantil lleva años señalando que la exposición repetida y positiva a ciertos alimentos puede reducir la llamada neofobia alimentaria, ese rechazo natural que muchos niños sienten hacia sabores o texturas nuevas. Cuando el alimento deja de verse como “algo obligatorio” y pasa a ser una experiencia de descubrimiento, la respuesta cambia. Para leer el texto completo, acudir a esta fuente. |