Francisco en el reino de los ojitos

 

El pequeño Francisco se movilizó en su andador; era esperado por sus amigos del hogar.

- ¡Ahora es el momento! - dijo excitada la señora Lámpara colgante.

Todos los habitantes de la casa se movieron. Ya estaba instalada la vieja silla de la abuelita. El niño subió en la antigua silla, pero con preocupación, muebles y utensilios de la casa vieron que no podía llegar hasta el ventanal para alcanzar el bello rayo del sol.

- Yo serviré de montaña rusa - dijo con voz amable el señor Cuadro al Oleo.

El espanto cundió en todos. No era para menos. El Señor Cuadro al Oleo no debía desplazarse. Era para él extremadamente peligroso. Podía quebrarse, caer mal, deslucir más sus colores, entrar en contacto con la metiche señorita Agua de Llave. En fin, mil peligros le acechaban.

Se instaló entre la vieja silla de la abuelita y el ventanal por donde entraba el rayo de sol.

Estupefactos, los muebles y utensilios del hogar observaron como el bebé subió por el lomo del señor Cuadro al Oleo.

Por un momento pareció que la desgracia estaría presente. Crujió el maderamen del señor Cuadro al Oleo. Pero el infante logró agarrarse con sus manitas del rayo de sol.

- ¡Bienvenido! Entra al mundo de la luz solar -una voz radiante invitó a Francisco. Era Redondo, un parlanchín habitante del mundo de luz.

El bebé rápidamente trepó y desapareció en el haz de luz. Francisco viajó un largo trecho y desapareció en el haz de luz. De improviso dijo:

- Tengo sed.

- Allí nos detendremos, ahí está el árbol de la leche - le respondió Redondo, el nuevo amigo, un alegre y entusiasta viajero del mundo de la luminosidad.

El bebé sonrió. ¡Este mundo era tan mágico! Sus habitantes le entendían fácilmente, podía comunicarse con ellos sin dificultad alguna.

El bebé estaba fascinado por tan bello lugar. Oleadas de luces, maravillosos colores que parecían girar en infinitas tonalidades. Y esos singulares seres. Los "Ojitos", así se llamaba ese tipo especial de seres habitantes de los rayos de luz.

Tenían la especial cualidad de adquirir diversas figuras que pueden cambiar solamente con el brillo de sus ojos, como un natural juego.

Cuando Francisco tuvo sueño vino una mamá Ojito y formando con su cuerpo una especie de cuna lo hizo dormir plácidamente.

Al otro día, apenas volvió a iluminarse el centro de luz, Francisco despertó alegre, se dio cuenta de que podía moverse únicamente con tintinear sus propios ojos. Se acercó a un pequeño árbol; en un follaje dormía una espléndida pelotita, era Redondo; Francisco sonrió al reconocerlo como su compañero de viaje. Ya se sabe que su nombre es por su afición a tomar formas circulares.

Afanosos por gozar del lindo día, fueron a jugar al museo de las luminarias. Fue allí que Francisco recordó por qué había deseado tanto viajar por el rayo de luz que entraba por el ventanal de su hogar.

Por las noches, varias veces escuchó a su padre decir que un monstruo se comía la luz. Que por eso se hacía de noche el día, hasta que nuevos rayos solares lograban iluminar la tierra.

- Por aquí vive el come- luz? - consultó el bebé.

- ¿Qué?- dijo Redondo intentando evadir la pregunta.

- La máquina que come luz - reiteró Francisco.

Redondo le contó que era cierto que había una maquinaria come luz, pero ningún Ojito cometería la tontería de molestarlo. Desde hace muchísimo tiempo habían logrado mantenerlo entre unas oscuras quebradas, pero de vez en cuando salía a merodear por los alrededores.

- ¿Y de qué se alimenta? - preguntó Francisco.

- De algunos rayitos de luz que se acercan demasiado a esas quebradas - respondió con pena Redondo.

Se notaba que los Ojitos convivían muy tiernamente con los rayos de luz.

Francisco insistió en ir a la quebrada del peligro; y como había aprendido a trasladarse únicamente con el tintineo de sus ojos, así lo hizo. Surgió siniestra la quebrada del peligro. Redondo lo siguió, para él, un Ojito de buenos principios, la amistad era tan importante que supera al miedo..

Sintieron un crujido.

En el fondo de la quebrada, un pequeño haz de luz que había resbalado era devorado por la malvada máquina.

Se encontraron con varios Ojitos adultos que se limitaban a poner a los intrusos a resguardo.

Redondo y el bebé miraron asustados la quebrada, allí una enorme máquina movía sus cables eléctricos como un cruel pulpo gigante.

- ¡El agua! - dijo el bebé.

- ¿Qué? - interrogó el asustadizo Redondo.

- El agua lo destruirá - respondió convencido de la idea el bebé visitante del mundo de los Ojitos.

- ¿Estás loco? ¡Usar el agua para demoler a esa bestia! ¿Qué daño le podría hacer? Además, es sabido que el agua es sagrada, con ella se fabrica la dulce leche, el alimento de los Ojitos.

- Mi mamá lo hace, ella calma a una máquina lanzándole gotas de agua - habló Francisco mientras revivía esas imágenes en que su madre planchaba ropa y para disminuir el calor del artefacto le arrojaba agua.

Sobre todo, recordaba los chillidos de la plancha cuando recibía las gotas de agua. Sí, era muy fuerte su convencimiento. Si le echasen agua a la máquina come luz, ésta moriría.

Los principales ancianos Ojitos discutieron el asunto. Por último, acudieron a Ojiganza, el anciano sabio quien se limitó a decir:

- Es muy peligroso.

Por lo visto, el anciano sabio no era muy amigo de las palabras. Se armó nuevamente un revuelo de discusión entre el honorable grupo de ancianos Ojitos, hasta que Barquichuelo, el abuelo de Redondo, impuso su voz:

- Ojiganza no dijo que no lo hiciéramos. Si advirtió que era peligroso fue porque pensó que nosotros de todas maneras lo haríamos.

Luego, el viejo Ojito se convirtió en su figura predilecta, un barquito de papel y se fue a navegar por la corriente de un macizo rayo de luz. La discusión había terminado.

Y lo hicieron.

Extrajeron agua de la pileta sagrada y unieron mangueras hasta llegar a la quebrada del peligro, fue allí que todos se miraron. Tenían un miedo terrible de atacar con agua a la máquina infernal. Entonces, Francisco dijo que él lanzaría el agua, por algo había sido el autor de la idea.

El país de los Ojitos quedó en completo silencio. Hasta los traviesos rayos de luces dejaron de corretear.

Francisco tomó la manguera y lanzó agua a la infernal máquina que dio grandes chirridos y se desplomó. Toda la quebrada se iluminó y los Ojitos corrieron felices jugando con los rayos de luz. Una vez más, se cumplía la ley: La luz vencerá las sombras.

Fue entonces que el bebé dijo:

- ¡Mamá!

- ¿Qué? - consultó Redondo intrigado.

- ¡Mamá! - reiteró el bebé.

Redondo y todos los Ojitos comprendieron el deseo de Francisco. Deseaba estar con su mamá. Después de un bullicioso adiós, Redondo viajó con su amigo dentro de un poderoso rayo de sol.

De un suspiro llegaron al ventanal, donde se dieron un profundo abrazo. Redondo sonriendo tristemente como los payasos, se consoló diciendo:

- Vendré todos los días a visitarte.

- ¡Pronto! ¡Pronto! Que ya viene - gritaba histérica la señora Lámpara colgante, que transpiraba gotas de vidrio colgantes de sus ampolletas.

Nuevamente, crujió el señor Cuadro al Oleo, el bebé alcanzó a bajar ileso, se subió a su andador y se dirigió al living. La vieja silla de la abuelita se deslizó con esfuerzo a su lugar.

- ¡Viene! ¡Viene! - fue el último grito de la gordinflona Lámpara Colgante.

Mamá Luisa miró a su bebé. Éste le sonrió inocentemente, tan encantador, que mamá no pudo resistir el deseo de alzarlo en brazos.

Lo abrazó con profundo amor, no alcanzó a distinguir que el puño de su mano izquierda brillaba intensamente. Era un pequeño haz de luz que vino a conocer el mundo de Francisco.

Lautaro Ramos Guerra


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