El dragoncito

 

Había una vez, un dragoncito diminuto. De lo más simpático y alegre. El dragoncito echaba fuego por la boca. Era muy bonito cuando hacía frío, pues podía calentar a sus amigos acercando a ellos una flama muy chiquita y calentadora. También era bonito su fuego cuando había que hornear algún pastel de cumpleaños.

Preparaban la masa y el dragoncito lanzaba una elegante flama que lentamente envolvía y cocinaba al pastel, despidiendo un olor que despertaba el "hambre de pastel".

El dragoncito tenía muchos amigos pequeñitos como él. Pero su mejor amiga, era la hormiga. Con ella pasaba horas jugando sin sentirlo. Les encantaba hacer casitas y ciudades con bloques.

Un día, se reunieron en el cuarto del dragoncito, juntando los juguetes y piezas de los dos. Habían decidido hacer una casa muy grandota, que tuviera cuartos y puertas.

Se pasaron muuuuuucho rato, hasta se les olvidó comer, y creo que hasta de dormir, de lo divertidos que estaban. Les quedó una casa muy linda y bien construida, hasta se podían meter. Estaban muy contentos.

De repente, el dragoncito se resbaló, se le atoró la cola en los bloques y tiró unas piezas. Entonces: ¡PACATELAS! se empezó a caer todo.

Era un tiradero horrible y sin control. El dragoncito y la hormiga trataban de detener a las piezas con antenas, patas, cola. . . Pero no pudieron. Al ratito, el cuarto era un reguero de piezas sin orden, y el gusto y orgullo que habían sentido al ver su casa, se transformó en enojo.

El dragoncito estaba furioso. ¡Ahhhhhhhhh! gritó desesperado y de su boca salió fuego sin control, que fue alcanzando a todas las piezas regadas en el cuarto, así como a todos los demás juguetes.

El dragoncito estaba tan furioso que no se daba cuenta y seguía escupiendo, con el estómago, todo su fuego que salía en llamas muy grandotas.

Después de un gran rato, el cuarto era una cueva de cenizas.

Fue entonces que el dragoncito se dio cuenta de lo que había hecho....

Todos los juguetes estaban quemados....

- "Hormiguita, ¿Ya viste lo que pasó?"- y la hormiguita no contestó.

Junto al dragoncito, había una patita de hormiga chamuscada que todavía brincaba con cierto movimiento reflejo.

-"¡Oh nooooo! También quemé a mi amiga la hormiguita, junto con los juguetes. ¡Qué tristeza!"- se decía a sí mismo el dragoncito - "Y ahora ¿qué voy a hacer?"- se preguntaba deprimido.

Así, pasó varios días hundido en un agujerito gris de pura tristeza.

- "¿Por qué cuando me enojo, no puedo controlar el fuego que sale por mi boca y destruyo aún a las cosas que más quiero? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Necesito ayuda"- se dijo, y pensó en ir a buscar al Mago Macoloco, el shamán de la región.

Amarró sus cosas en un pañuelo y las colgó a un palito y se fue a casa de Macoloco.

Después de varios días de caminar, llegó con él. Todavía lloró y lloró y le dijo:

- "¡Ayy Magooo, tengo un problema y necesito ayuda!".

- "¿Qué te pasa dragoncito?"

-"Te voy a contar: Fíjate que tengo muchos amigos y muchos juguetes...."

-"¡Ay dragoncito, tener amigos y juguetes no es problema".

-"¡Nooo mago! Ese no es mi problema... Me junté con mi mejor amiga la hormiga e hicimos una casa muy linda, nos podíamos meter en ella......."

-"¡Ay dragoncito, tú si que no deberías de quejarte, ya quisieran otros niños tener una amiga hormiga y hacer casitas..."

-"¡NOOOOOOOO, ESE NO ES MI PROBLEMA, DÉJAME ACABAR..."

¡ AHHHHH! salió lumbre sin control de la boca del dragoncito, que le quemó el faldón al mago.

El pobre tuvo que brincar por todo el salón , golpeando con la mano para apagarse la ropa.

-"¡Ya veo cuál es tu problema dragoncito:

que no controlas el fuego que sale por tu boca cuando te enojas!"

-"¡SIIIIIII!- dijo el dragoncito sollozando- y todo lo destruyo. Destruí mis juguetes, pero lo más triste, es que quemé a mi mejor amiga la hormiguita. ¡Buaaaaaaa! Me tienes que ayudar. Ya no me quiero enojar nunca, nunca".

-"Eso no es posible dragoncito".

-"Bueno, por lo menos, no quiero decir que estoy enojado".

-"No dragoncito, si tu enojo no lo dices, se vuelven lombrices......".

El dragoncito no entendió el dicho del mago, pero siguió escuchándolo con atención:

-"Hay un remedio muy peligroso. Es una moneda mágica que ayuda a cambiar lo que sientes en palabras.

Esta moneda la cuidan y vigilan los tres ogros más crueles y malvados del mundo.

Pienso que es muy difícil que la consigas y se las quites a los ogros, pero si de verdad quieres superar tu problema y recuperar a tu amiga, tienes que intentarlo.

Para llegar a la casa de los ogros malos, tienes que pasar por un bosque chiquititito; después un bosque con árboles de bombón y después un bosque con árboles de diamantes.

Cuando pases los tres bosques, ¡¡UUUUUUUY!!, vas a estar cerca de los ogros. Vas a ver esta planta horrible que te dibujo aquí, y eso quiere decir que estás cerquita".

Había en el dibujo, tres pies de hombre, que quieren decir, tres pasos de hombre, para llegar.

El dragoncito no pensó en los peligros y se dispuso a ir en busca de la moneda. Fascinado, primero se encontró con el bosque chiquitito.

Era como un bosque a su medida. Como era chiquito, todos los árboles, el pasto, las flores del mundo real le parecía enormes, y por primera vez estaba viendo árboles chiquitos, que le daban sombra. El dragón se echó bien feliz y el pasto le picaba suavecito en su piel, pues era como pelusita, a diferencia del pasto normal, que sentía como espadas verdes que le picaban la piel.

Olió las florecitas que le quedaban de buen tamaño a su nariz, y vio a las mariposas pequeñitas. Quién sabe cuántas horas pasó feliz sintiendo el aire húmedo, oliendo la yerba, tocando el pasto. Casi había olvidado en ese pequeño mundito su enorme misión.

Contento, pensó en seguir su camino cuando vio correr entre los árboles a una cola pachona, peluda que se antojaba acariciar y que se enredaba en los troncos de los árboles.

¡Era una ardilla!

-" ¡Hola ardilla! ¿Cómo estás?"

Como el dragoncito era tan sociable enseguida se hizo amigo de ella y le platicó toda su historia. La ardilla le dijo: "Yo te ayudo".

Los amigos siguieron caminando, cuando olieron muy rico a bombón dulce. El olorcito se metía por las narices sube y sube hasta la frente. Casi lo podían oler con la cabeza.

-" ¡MMMMM! qué rico huele"- y se les hacía agua la boca. Olía a bombones y el olor venía de todas partes.... Todavía no veían a los árboles de bombones y ya los podían adivinar...

En eso, aparece el primer árbol de bombones. Era como un árbol de frutas, pero en vez de tener, por ejemplo, manzanas, colgaban racimos de bombones rosas y blancos. El dragoncito lanzó una llamita controlada hacia un bombón y enseguida empezó a sacar un olorcito a bombón tostado y derretido por adentro.

La ardillita corrió a tomarlo, lo partió y de adentro salió una masita deliciosa.

¡Qué sabroso comieron los amigos!. Se les fue el día muy felices cuando, vieron a un murciélago colgado de cabeza y bien dormido, que empezaba a despertar bostezando, pues se acercaba la noche. Junto a él estaba el señor Tecolote, también despertando y moviendo su cabeza a un lado y al otro. Estos amigos duermen de día y despiertan de noche. Uno y otro, el Tecolote y el murciélago, decidieron ayudar al dragoncito.

Se encontraron también a una abeja zumbadora. "Zum, zum, zum…", la abejita se acercaba a las orejas de los amigos y luego corría lejos. Los amigos jugaban a perseguirla con los ojitos y a no perderla de vista.

Era bien rápida.

La abejita también decidió ayudar al dragoncito.

Siguieron su camino y vieron muchos rayos de luz que se disparaban para todos lados, como dibujando rayones en el aire y en el cielo.

-"¿De donde vienen esas luces?". Al seguir caminando se dieron cuenta de que estaban cerca del bosque de diamantes.

-"¡Qué bonito!".

Los amigos se quedaron mirando fascinados sin hablar. Era un bosque lleno de árboles, de cuyas ramas colgaban diamantes.

Los rayos del sol chocaban con los diamantes y se disparaban para todos lados.

Así, calladitos, se metían los rayos por los ojitos y hacían como cosquillas en el pecho.

El paisaje empezó ponerse medio feo, los árboles parecían secos y el sol apagadito. Empezó a soplar un viento tristón.

De pronto, el dragoncito reconoció la planta que estaba dibujada en el mapa del mago Macoloco. Le latió el corazón a toda velocidad. Ya estaban cerca.

Observó su mapa y miró la planta: los 3 pies dibujados y una calavera como signo de peligro.

Con miedo, pero decidido, se paró recargado en el árbol y caminó tres pasos: "uno, dos y tres".

Miró para un lado, y luego para el otro; no ocurría nada.

-" Yo creo que no conté bien"- se dijo, y regresó a la planta.

Se recargó en ella y volvió a caminar: " uno, dos y tres". Y no se veía nada.

-"¿Qué pasa? ¿Se habrá equivocado el mago?".

Todos los amigos se pusieron a pensar, y pensar, y pensar. Cuando el dragoncito volteó a ver sus pies.

Redonditos con unas pezuñas. No se parecían nada a los pies del mapa, que eran pies de hombre. Además sus pies son chiquitititititititos. Y los pies de un hombre son grandotes.

-"¡Claro! No bastan con tres pasitos. ¿Cuántos necesitaré?"- se preguntó.

Eran muchos pasitos de dragón por un pie de hombre.

Así animoso el dragón fue contando.

-"uno, dos, tres.............ochenta y ocho, ochenta y nueve y..........".

Al decir "noventa", se oyeron unas macabras carcajadotas: "JA JA JA".

Los amigos se pusieron a temblar de miedo, porque veían a tres ogros horrorosos, panzones, cochinos, que se comían un pastel arrancando pedazos con la mano haciendo muchas cochinadas.

Daba asco verlos comer. Masticaban con la boca abierta, y repetían haciendo unos ruidos horribles. Los ogros estaban reunidos en el concurso de maldades del día. Todos los días platicaban en la noche y hacían un concurso de cosas malas. A ver quién ganaba. Empezó el primer ogro narrando su horrible maldad.

-"Este pastel- decía-, era de un niño pobre que cumplía cuatro años"-estaban todos alegres alrededor del pastel-"el niño estaba feliz, a punto de soplarle cuando me lo robé".

-"¡Ah, no tiene mucho chiste!"- contestaron los otros.

-"Pues verán que sí lo tiene: cooperaron sus abuelitos, sus tíos, con poquito dinero porque eran pobres, y el niño puso unas moneditas de su alcancía. Era como un sueño para el niño tener ese pastel.....Y yo se lo quité. Es este que nos estamos comiendo".

-"¡Qué malo!"- pensaron los amigos.

-"Tu turno"- le dijeron al segundo ogro, hablando con la boca abierta llena de pastel que se revolvía entre las muelotas sucias.

-"Ah, pues yo creo que voy a ganar esta noche: fíjense que iba caminando una viejita, flaquitita, con mucho trabajo, recargándose en su bastón. A la orilla del camino, venía una carreta jalada por caballos por la bajada del pueblo y yo la aventé al camino para que la aplastara la carreta".

-"¡Ahhhhgggggg! ¡Qué super malo!". Las caras de los amigos al oír algo tan feo, se descompusieron como guantes arrugados e incrédulos de lo que oían. "¡Ja, ja, ja!"- dijeron los ogros-"Eso sí que estuvo horrible".

-"Es tu turno"- le dijeron al tercer ogro.

-"Pues lo mío sí que está horribilísimo: venía un niño en su cochecito y se cayó al suelo. Le salió mucha sangre de su rodilla. Se le veía hasta el hueso. Pues yo, cogí un limón y se lo exprimí en la herida para que le doliera más; luego, prendí un cerillo y le quemé alrededor y para terminar, cogí una piedra y le abrí más la herida".

Los amigos tenían los ojos abiertos. Se imaginaban cuánto le había dolido al niño y lo que sentiría al ver que un ogro horroroso le estuviera haciendo todas estas cosas feas.

Los amigos los vieron comer con asco de lo feo que comían y de las cosas que decían y se fijaron cómo acabaron bien dormidos, después de echarse unos sapotes horribles que sonaban por todos lados.

-"Son unos tragones y también dormilones. Les podemos tender una trampa para que coman y duerman, y mientras, nosotros robarnos la moneda mágica".

La ardilla saltó de donde estaba y se ofreció ir a buscar las manzanas más buenas y dulces.

-"Yo voy a traer la miel más dulce y buena del panal. Con ella las cubrimos y se les van a antojar más".

-"¡Ah!- dijo el dragoncito-, pues yo puedo hornear las manzanas con un fuego muy bajito, que vaya cociéndolas y cristalizando la miel. Va a oler como a pastel de manzana recién horneado".

-"¡Ah!- dijeron el murciélago y el Tecolote-, nosotros podemos rociar las manzanas de polvos dormilones con sabor a canela. Esto podrá ayudar a que los ogros pasen mucho rato sin dormir y que no nos cacen mientras nos robamos la moneda.

Desde la mañana, empezaron a trabajar. La ardilla trajo muchas manzanas. La abeja trajo una miel transparente, pegajosa, dulce, que hacía a todos soltar un poquito de saliva. "MMMMMM…..".

Pusieron las manzanas en una piedra lisa, las bañaron de miel y el dragoncito, con toda paciencia, se dispuso a echarles un fuego suave, muy parejito que las iba envolviendo y cocinando despacito durante muuuuuuuucho rato. Para terminar, los animalitos nocturnos, les echaron polvos dormilones. Las manzanas despedían un aroma delicioso, que iba caminando por el aire.

En eso, los ogros llegaron haciendo mucho ruido con sus carcajadas cuando olieron el aroma que despedían las manzanas. Sin pensar, empezaron a caminar siguiendo el caminito de olor. "Nff nfff, snnfff, snfff". Sus narices iban más adelante que su cuerpo. Los tres en fila, fueron caminando como hipnotizados hasta llegar al lugar en el que estaban las manzanas. Se las arrebataron y se las comieron de un bocado. Tenían una en una mano, escurriendo miel y otra en la otra.

-"¡Uff, qué asco!"- dijeron los amigos.

Los ogros se acabaron todas las manzanas, dejando un batidillo de miel.

-"Pues yo les voy a contar........¡ajuuuuuuuuuuuuuum!"- bostezó el primero. El segundo empezó a parpadear tratando de controlar el sueño y cayó como costal. El tercero, asombrado y luchando contra el sueño, quiso despertarlos, pero no tuvo fuerzas.

-"Bueno, mañana platicamooos"- y también cayó dormido.

El equipo del dragón y sus amigos, a toda velocidad se acercaron al cofre con la moneda; pegaron una carrera como nunca en su vida. Llegaron corriendo a la planta. Y entonces entraron en la tierra de los bosques.

-"¿Te acuerdas de cuáles eran?"- ¿Cuál se encontrarían primero?

Pues sí; primero se encontraron el bosque de diamantes. No se detuvieron a mirar el bello espectáculo de los diamantes brillando. Sentían con su imaginación los pasos pesados de los ogros que los perseguían.

Después pasaron por el bosque de bombones. Sintieron el olor de almidón y azúcar, pero con gran fuerza de voluntad y un poco de miedo, siguieron derechos. No comieron nadita.

Después vieron el bosque miniatura. El dragoncito cortó una flor para su amiga la hormiga y siguió su carrera. Sin aliento, llegó el grupo de amigos con el Mago Macoloco.

A lo mejor me preguntan: ¿y qué fue de los ogros?

¡Ah! Pues cuando despertaron y vieron que ya no estaba la moneda, se empezaron a enfurecer.

-"¡Tú fuiste el culpable, grandísimo tonto! Te quedaste dormido primero"- y un ogro le soltó un gran golpe al segundo.

-"¿Qué te pasa? Fuiste tú y encima tienes el descaro de pegarme"- y le dio un jalón de pelos que se quedó con un mechón. Se revolcaron y fueron a tumbar al tercero, quien le entró a la bronca sintiendo que los otros dos eran unos tontos, porque él había cuidado bien la moneda.

Por supuesto que se echaron la culpa y se pelearon hasta no quedar rastro de ellos. Dicen que pasaron días y noches en cruel pelea, hasta que murieron los tres.

En su tumba dice:

"Aquí yacen los 3 ogros más crueles de la historia".

-"¡Mago Macoloco, mago Macoloco! Aquí traemos la moneda".

El mago, asombradísimo, los hizo pasar y escuchó con mucha atención toda la historia.

-"¡Ay dragoncito, qué valiente!¡ qué orgulloso estoy de ti! Por un momento pensé que no lo conseguirías.

-"Bueno- dijo el dragón- la verdad es que me ayudaron mis amigos. Pero aquí estamos. Ahora sí, con esta moneda ya no me voy a enojar más".

-"No dragoncito, recuerda que te seguirás enojando. Pero en lugar de explotar y destruir todo, vas a decir tus enojos".

-"Mejor no los digo".

-"No, si no los dices, se vuelven lombrices".

-"Bueno, ¿y mi amiga? ¿La moneda mágica me va a devolver a mi amiga la hormiguita?"

-"Uno, dos y tres, te apestan los pies".

-"¿Quéeee?????- dijo el dragoncito extrañado- este mago si que está loco"- y se volteó a ver los pies.

-"¡Ah!". Estaba montado arriba de su amiga la hormiguita, como cuando jugaban al caballito. Había dicho eso el mago, para invitarlo a que viera para abajo.

-"¡Hormiga querida!"- Se abrazaron tan, tan, tan fuerte, que empezaron a rodar por todos lados como una pelotita. Hasta que fueron a parar a la pared, donde el dragoncito se dio un gran coco.

El mago le talló la moneda en la panza, en el pecho y en la boca. El dragoncito dijo: "Uf, qué feo pegarse........ duele....."- y abrió la boca creyendo que saldría un fuego loco. Pero no salió nada, más que palabras y, después de su asombro, muchas, muchas risas.

La moneda mágica había hecho su magia.

El dragoncito fue desde entonces el dragón más feliz del mundo, usando su fuego suavecito y platicando sus enojos y tristezas.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado....

Ana María Serrano


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